La intolerancia a la incertidumbre, evitación y ansiedad

La intolerancia a la incertidumbre ha sido definida en numerosos estudios con aportaciones de diferentes autores expertos en la materia. Dugas, Gosselin y Ladouceur (2001) la definieron como “la tendencia excesiva de un individuo a considerar inaceptable que pueda ocurrir un evento negativo, por pequeña que sea la probabilidad de que este ocurra“. Dugas, afirma que las personas con un alto índice de intolerancia a la incertidumbre encuentran las situaciones que son inciertas como amenazantes, perturbadoras e indeseables, independientemente de la probabilidad real de que ocurra un evento negativo (Dugas et al., 1998). La intolerancia a la incertidumbre puede identificarse en pocas palabras como el ”miedo a lo desconocido”.

Las investigaciones más recientes sobre la intolerancia a la incertidumbre nos han mostrado evidencias sustanciales de que es un factor diagnostico relacionado con diversas patologías mentales, ya que se presenta con puntuaciones más altas en poblaciones clínicas en la mayoría de los trastornos psicológicos y ha sido considerada como un factor clave en el desarrollo y mantenimiento de la ansiedad.

Cuando hablamos de ansiedad, nos referimos a una serie de síntomas fisiológicos y emocionales que atacan directamente a nuestro bienestar y que, en la mayoría de los casos, son mantenidos por la evitación del estímulo temido. Las teorías actuales y modelos de intolerancia a la incertidumbre implican un papel potencialmente significativo de este concepto en la toma de decisiones, tanto para poblaciones clínicas como no clínicas. En estudios recientes sobre este constructo, se descubrió que los participantes que puntuaban alto en la ”Escala de Intolerancia a la Incertidumbre (IUS)”, presentaban respuestas excesivas de evitación que se mantenían tras la devaluación de la amenaza y que, además, estos participantes fueron más resistentes a la extinción de respuestas tras la desaparición del estímulo.

Aclaremos esto con un ejemplo cotidiano:  Laura es una chica de 20 años que desde muy pequeña tiene miedo a las serpientes; cuando oye hablar de serpientes se le pone la piel de gallina, tiene escalofríos y le sudan las manos, se le presentan imágenes mentales de una serpiente tocando su piel y comienza a respirar más rápido, se pone nerviosa y siente ansiedad. Laura suele ir algunos fines de semana a la casa de campo familiar donde se reúne con sus primos, hacen barbacoas, juegan a las cartas, hacen excursiones a la montaña… . Uno de esos días en los que Laura y sus primos deciden ir de excursión por el campo, da la casualidad de que se les cruza una serpiente en mitad del camino; aunque la serpiente huye y desaparece en pocos segundos, Laura responde corriendo hacia la casa todo lo que sus piernas le permitían. Tras el evento, Laura comienza a tener un ataque de ansiedad que sufre durante unos 45 minutos. Esta experiencia, provoca que Laura ahora tenga presente que existe la posibilidad ”aunque sea pequeña” de que ir al campo implique encontrarse con serpientes (condicionamiento). A partir de ese momento, cada vez que surja el plan de ir a una casa de campo, ya sea la suya o la de un amigo, Laura se planteará la posibilidad de encontrarse con serpientes si asiste al evento. La combinación del miedo por las serpientes y la baja tolerancia al ”no saber” si lo temido ocurrirá o no (intolerancia a la incertidumbre), provocarán que Laura evite y rechace el plan de ir al campo, ya que las personas con intolerancia a la incertidumbre tienden a buscar la seguridad o tranquilidad en la certeza, para evitar así la ansiedad, de manera que no asistir al campo, es la única manera de saber que no se encontrará con ninguna serpiente. Al mismo tiempo, evitar continuadamente esta situación por miedo a que aparezca el estímulo temido, provoca que Laura no pueda comprobar que las probabilidades de que su estimulo temido (la serpiente) aparezca son extremadamente bajas y su miedo se extenderá de manera que ya no solo teme a las serpientes, sino también al campo porque hay serpientes. Esto es solo un ejemplo pero este sistema puede aplicarse a muchas situaciones de la vida cotidiana.

Se considera clínicamente significativo el hecho de evitar situaciones típicas o ”normales” debido a un estímulo temido que realmente no ocurrirá o que las probabilidades de que ocurra son significativamente bajas. Si bien la intolerancia a la incertidumbre provoca conductas de evitación que contribuyen al mantenimiento de la ansiedad, sería importante comenzar el trabajo terapéutico por la raíz del problema (la intolerancia a la incertidumbre) en aquellas personas que la presenten, en lugar de centrarse directamente en la ansiedad o su sintomatología. Centrarse solamente en la ansiedad y la reducción de sus síntomas no evitará que esta pueda volver a aparecer si no trabajamos primero con el control de la intolerancia a la incertidumbre que es lo que precede al episodio ansioso.

 

 

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